Erase una vez un bosque…
Desde pequeños hemos escuchado muchos cuentos e historias que se desarrollan en un bosque. Estas historias nos hacen imaginar un lugar idílico, donde la naturaleza adquiere un papel principal. Es el lugar ideal para escenificar la magia y la fantasía, y es que muchas tradiciones, creencias y religiones se basan en la belleza y espiritualismo que desprende un bosque.
Adentrarse en un bosque es percibir la tranquilidad que da un silencio roto sólo por el ruido de los animales que habitan en él, y por el crujido de ramas y hojas que pisamos al caminar. Al respirar es como si estuviéramos recibiendo bocanadas de vida y bienestar. Sentimos la armonía, la conexión de nuestro ser físico y espiritual con los elementos de la naturaleza.
¡Qué lejos queda esta sensación! Cuando paseo por un “bosque” ya no siento esto. Ya no es idílico, ni fantástico, ni percibo esa armonía. Camino por un paisaje creado, plantado, monótono y poco natural. Ya no es “bosque”.
El hombre desde tiempos ancestrales ha estado ligado al bosque ya que este ha provisionado de alimentos, agua, medicinas y madera para calentarnos. Incluso en muchas ocasiones como refugio y santuario.
No critico el que existan plantaciones para explotación, si esta explotación se hace de forma sostenible. Defiendo el bosque natural por todos los valores que da. Afortunadamente algo parece que se ha hecho para recuperar estos valores. En Euskadi por ejemplo, y según los inventarios forestales, el bosque natural ha ampliado su superficie en un 20% entre 1996 y 2005. Habría que analizar los criterios con los que se cuantifica este aumento.
El bosque de los cuentos ya no lo encuentro en nuestro entorno. Sólo queda en los recuerdos de nuestros mayores, en las historias y en la imaginación de las personas. Quizás los pocos ejemplares de árboles viejos que nos quedan mantienen alguna esperanza de recuperar su hábitat, y no se nos mueren de pena.
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Idílico artículo. Me gusta tu loa al bosque. Pero creo que sobreestimas su virginidad. Lo virgen e intocado no siempre está en su mejor estado. Creo que tocas la guitarra, ¿no?. Pues bien, sabrás que una guitarra suena peor cuando es nueva y no se ha usado (pues desafina) que cuando se ha tocado y afinado. ¿No pasa lo mismo con el bosque? ¿No está mejor el bosque bien usado o afinado por el hombre que en su estado natural? ¿Puede batir el hombre a la naturaleza ante el reto de encantarlo? ¿Por qué no ser más optimistas?
Estimado José María:
En primer lugar gracias por tus comentarios en este blog.
Respecto a tu comentario, cada persona tiene su opinión, pero sin duda confio más en la inteligencia y sabiduría de la madre naturaleza que en la de la humanidad. El ser humano no es más que un habitante (entendido como ser vivo instaurado en un hábitat)más de la Tierra, puede que bastante influyente, pero totalmente dependiente de ésta.
Dudo que haya una forma de gestionar un bosque mejor que la de la propia naturaleza. En verdad no dudo. Un bosque donde los mecanismos de regulación del clima, suelo, agua, fauna y flora interactúan para lograr la “convivencia perfecta”. Eso no lo consigue el ser humano. Si interfiere en cualquiera de estos mecanismos afectará a todos los demás, y por consiguiente introduce un punto de imperfección.
Claro que soy consciente de que el ser humano entra en la fauna, y por lo tanto en estos mecanismos de regulación. El caso es que debería intentar interferir lo menos posible, para conseguir dañar lo mínimo la denominada huella ecológica.
También tengo claro que el bosque nos proporciona a los humanos recursos de abastecimiento muy útiles para nuestro bienestar, como madera, resina, hongos,…por lo que es necesario para nosotros intervenir algunas veces.
En resumen, lo más sostenible sería tener bosques (mejor dicho masas forestales)para nuestro uso y disfrute, siempre gestionados de la forma más sostenible para interferir lo menos posible, y no intervenir en otros (aunque de una manera o de otra siempre intervenimos).
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